miércoles, diciembre 08, 2004

Cultura menos ciencia igual a humanidades

Ramón Nuñez: "La ciencia es ante todo espíritu crítico"

Cree que la enseñanza de las ciencias que se imparte en la escuela no anula el analfabetismo científico. Y que la poesía o la música, sin ciencia, no son cultura. Los tres museos que dirige en A Coruña, en los que ha puesto en práctica sus ideas, son hoy una referencia museística internacional.

A. C. R.

Ramón Núñez (A Coruña, 1946) dirige los tres museos de ciencia que han converti­do a la ciudad gallega en un centro internacional de referencia en la museística de divulgación científi­ca. Para este reposado provocador lle­no de ideas, la ciencia debe quitarse el complejo de ser la hermana pobre de la cultura. "Cuando propusimoshacer la Casa de las Ciencias en La Coruña (en mi boca, si hablamos castellano, no ponga A Coruña) nos decían que los ayuntamientos no tie­nen competencias en ciencia. ¿Que un ayuntamiento puede tener una banda municipal, organizar unos jue­gos florales de poesía y patrocinar la ópera pero no divulgar la ciencia?¿Pero esto qué es? Ahora, visto desde la distancia, creo que hay un antes y un después en la divulgación de la ciencia desde que el Ayuntamiento de La Coruña se interesó por ello". En una ciudad de250.000habitan­tes los tres museos de ciencia reciben 700.000 visitantes al año, más quelos espectadores del Deportivo.


PREGUNTA. Usted ha formado parte de varios congresos cuyo lema es Ciencia es cultura. ¿Considera que es algo que es necesario reivindicar todavía?


RESPUESTA. Las páginas de ciencia de este periódico, y de todos, están en la sección de sociedad y hay otra sección que se llama cultura. ¿Es un convencionalismo? Probablemente. Cuando hablas a la gente de la cultura, recuerdan a los artistas, a la gente de cine, a los músicos; es muy difícil que piensen en los científicos.


P. ¿Cómo es el diálogo ciencia - ­cultura?


R Trabajoso, pero creo que no se trata de repetir lo de Snow de las dos culturas. Lo que me molesta es que sigamos tan fieles a los esquemas curriculares basados en una división de asignaturas, de letras o de ciencias, separar la física, la química, la historia.. Eso es el mayor daño que se puede hacer. Por eso en los museos coruñeses, aunque se llamen museos científicos, no hay ningún pudor en colocar obras de arte, cine, música o literatura. La cultura es como el vino, que tiene por lo menos 400 componentes distintos. Si destilas el vino, y separaras esos componentes, puedes tener un destilado muy bueno, pero eso ya no es vino. Si se destila la cultura y se aísla la poesía, la pintura o la ciencia, ya no es cultura. La microbiología sin historia no es cultura. Y la poesía y la música sin ciencia, tampoco. La cultura implica todo, y es un arma para conocer y comprender el mundo.


P. ¿Esa idea ha calado en la sociedad? Un científico que no sabe quién es Italo Calvino es un ignorante, pero un literato que en la cena dice "divide tú, que yo soy de letras", hace un chiste.


R. En muchos casos sí, pero eso no serían más que pruebas de analfabetismo por las dos partes. El analfabetismo científico es analfabetismo puro y simple. Creo que ayudaría a salvar esas diferencias introducir la historia de la cultura, la historia de la ciencia, dentro de los curricula desde secundaria, incluso de antes.


P. Carl Sagan decía que nunca hemos dependido tanto de la tecnología y nunca, el analfabetismo científico ha sido tan grande. ¿Está de acuerdo?


R. Bueno, yo dudo cuando se dicen estas cosas. Creo que la gente nunca supo tanta ciencia como sabe hoy, pero se trata de una ciencia distinta de la que se examinan. Los chavales hoy saben un montón de cosas de ordenadores, de informática, cosas relacionadas con la ciencia que no han visto en la escuela. Un aficionado a las setas sabe un montón de botánica y un aficionado a la astronomía, de astronomía. Parcelamos los conocimientos científicos de maneras muy diversas pero, en general, se sabe bastante ciencia.


P. Lo que sí que hay, y una prueba de ello es el éxito de estos museos, es interés por la ciencia.


R La gente demanda conocimientos, quiere saber. Aquí en la Domus sacamos una publicación sobre vacas locas y se agotó, convocamos unas jornadas sobre células madre, y esto se puso de bote en bote. Lo que pasa es que a veces parece que no interesa que la gente sepa mucho más. Cuanto más inculta sea la gente más manipulable es, en todos los sentidos. A veces tengo el sentimiento de que no se quiere que la gente sea crítica, que eso es molesto. Porque la ciencia lo primero que vende es espíritu crítico.


P. ¿Cómo surgió la idea de llevar la ciencia a su ciudad?


R. En 1983 yo me dedicaba a la enseñanza, pero ya estaba poniendo en crisis todo el sistema educativo en el aspecto científico. Toda la enseñanza de las ciencias, tal como se manejaba en la escuela, para mí era un cúmulo de insensateces. Todavía hoy, en general, la educación científica que se recibe en las escuelas no sólo no ilusiona, no sólo no fomenta la curiosidad ni el escepticismo ni el pensamiento crítico ni la creatividad, sino que a muchos chavales les quita la ganas de inclinarse por la ciencia.


P. Y pasó de enseñar a 40 a enseñar a 700.000.


R. Bueno, sucedió un hecho quo no deja de ser casual, y es que Francisco Vázquez, elegido alcalde en 1983, había sido compañero de colegio era amigo mío. Un día me preguntó que si querría hacerme cargo del tema de educación en el Ayuntamiento de La Coruña. Entonces yo vi un mundo abierto y empecé a trabajar como director del Servicio Municipal de Educación. En el primer programa electoral de Paco Vázquez ya estaba la creación de un museo de la ciencia. Un día me preguntó: "Moncho ¿qué podemos hacer con el palacete de Santa Margarita?". Entonces le dije: "Quizá un museo interactivo de ciencias... en el cañón de la escalera colocamos un péndulo de Foucault; la cúpula podía ser un planetario, en una de las plantas podíamos tener la colección de Víctor López Seoane (un naturalista gallego) y otra dedicarla a módulos experimentales... ya abrieron uno en Barcelona, si quiere vamos a verlo". Vimos el Museo de la Caixa, el primero de ese tipo que se hizo en España, y ahí comenzó todo.


P. ¿Son museos de ideas?


R Frente a los museos objetuales donde el interés está en los objetos de una colección, en estos museos el punto de partida es una idea que se quiere comunicar o hacer pensar acerca de ella. Pero lo más importante es que son lugares que tienen que provocar preguntas. El museo ideal es aquel que consigue descolocar al visitante, que la gente salga con más preguntas de las que llevaba, con ganas de saber más.




Cultura menos ciencia igual a humanidades
Jorge Wagensberg

LA CIENCIA es cultura. No hay duda. Sin embargo, en casi todos los idiomas cultura es sinónimo de humanidades: arte, filosofía, literatura, religión... y las mal llamadas ciencias blandas, como la historia, la antropología o la sociología... O sea: se entiende por cultura lo que queda de ella cuando se le ha extirpado todo lo sospechoso de ser ciencia. No se sabe qué duele más, si no ser culto o no ser humano. Pero ahí está el cisma: ciencia y humanidades.


La polémica empieza en 1959 con la publicación de Las dos culturas y La revolución científica. El título (sobre todo eso) hace fortuna. Su autor Charles Percy Snow señala el abismo abierto en la civilización occidental. Ni científicos ni humanistas se han molestado en anunciarlo. Snow empieza con un tirón de orejas para ambos. A los humanistas por su ignorancia e indolencia respecto de los conocimientos científicos más elementales, a los científicos por presumir de no perder tiempo con novelas y todo aquello que distrae la concentración y ablanda el rigor del buen investigador. Lo más incómodo para Snow es la opinión que se tienen unos de otros en materia política. Los científicos tienden a ver a los humanistas políticamente sospechosos, cuando no perversos y apocalípticos, mientras que se ven a sí mismos como intelectuales propios de su tiempo, con la mirada por encima del horizonte. Los humanistas en cambio ven a los científicos como optimistas simples e ingenuos, demasiado superficiales para percibir la tragedia de la condición humana. Snow entra aquí del lado de la ciencia. Los científicos también son conscientes de la naturaleza trágica de la vida humana. Ya lo sabemos: todos nos morimos en la soledad más radical. Pero una cosa es la condición humana individual y otra la condición humana social. La tragedia de la una no implica la de la otra. Snow, científico y novelista, invita a la mutua comprensión.


Después de Kuhn se extiende la idea entre los humanistas de que la ciencia es un hecho social. Los científicos, en cambio, creen en un mundo objetivo. Las leyes fundamentales de la naturaleza no dependen de una negociación sobre las convenciones sociales del momento, sino que están ahí haya o no alguien empeñado en descubrirlas (los árboles se caen en el bosque aunque nadie esté presente para anotar el incidente). La hipótesis del mundo real es el pilar de cualquier investigación científica. Alan Sokal dice "si la ciencia fuese un mero pacto social para acordar lo que significa verdadero, ¿por qué habría de dedicar la mayor parte de mi demasiado corta vida a la ciencia? ¡Yo no aspiro a ser la Emily Post de la teoría cuántica de campos!".


Si Snow es el primer acto del drama, Sokal es el segundo. Su hilarante parodia publicada en 1996 en la hasta entonces prestigiosa revista Social Text (‘Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica') es una sonora bofetada a los humanistas que echan mano de la ciencia para darse una falsa pátina de rigor y dureza, un golpe en los bajos que corta el aliento del posmodernismo, el relativismo, el deconstructivismo... Su antiguo maestro y uno de los físicos más brillantes del siglo, Steven Weinberg, se suma rápidamente con un artículo en The New York Review of Books (1996) que desata la furia de los humanistas. En él llega a afirmar que ciencias y humanidades sólo se abrazarán cuando la ciencia alcance la soñada teoría final de la naturaleza y los secretos del origen mismo del universo. Casi nada.


Hoy, cuarenta años después de Snow, la polémica sigue productiva: ¿Dos culturas? El signo de Lord Snow (F. R. Leavis), La tercera cultura (J. Brockman, editor), La nueva alianza (I. Prigogine e I. Stengers), Conscilience, la unidad del pensamiento (E. O. Wilson), Dos culturas ¿o tres filtros? (G. Hardin), Dos culturas ¿o sólo una? (P Grobstein)... Nadie sale ileso de la frontera. Las grietas de la ciencia se llenan con pasta de ideología. Y viceversa. Sólo la crítica es innegociable. ¿Se avanza algo con la polémica? La pregunta forma parte de la propia polémica, pero algo queda. Por ejemplo, hoy no se puede hacer filosofía sin tener una buena idea de las leyes impersonales de la naturaleza, ni es buena idea hacer ciencia sin asomarse a los personales pensamientos de Hume, Descartes, Spinoza, Kant o Heidegger.