domingo, noviembre 14, 2004


Las proyecciones de sentimientos y emociones sobre otros seres vivos son el punto de partida para reconocer el valor y respeto que merecen. Son el inicio de muchos procesos de autorreconocimiento en lo diferente, sobre la base de pautas comunes de comportamiento y reacción ante los desafíos básicos que impone la supervivencia. La reacción del pez que mira con asombro y algo de miedo a la anguila eléctrica, llevándose su pequeña aleta a la boca, es la del propio niño que se imagina al pez payaso con idénticas propiedades mentales que las suyas. Aplica así un principio básico de comprensión de la realidad: el mundo de los seres vivos se entiende mejor si los consideramos individuos conscientes, dotados de fines y con un repertorio de conductas -etograma- similar al nuestro. Entre ellas, la curiosidad, el asombro y el temor.
Ojidigital Press

1 Comments:

At 15 de noviembre de 2004, 8:58, Blogger Benavides said...

El contra-comentario [es decir, otro comentario sobre el mismo asunto pero esta vez contra algo/alguien]:
Es muy probable que las representaciones frecuentes de individuos muy distintos comportándose con naturalidad en su entorno le creen a esta muchacha -tiene que serlo, por el modo de representar a las pececitas con labios pintados- una referencia permanente de lo que el mundo debe ser: un espacio donde todos pueden convivir con relativa normalidad, incluyendo a individuos peligrosos capaces de electrizar todo lo que hay a su alrededor pero cuyo papel molesto y cabroncete se mantiene dentro de unos límites, es decir, mientras se limite a exhibir su condición natural pero sin condicionar ni alterar gran cosa el curso vital de los demás. Nuestro dibujante imagina un escenario donde también los bichos peligrosos tienen su lugar, pero compatible con la presencia cercana de otros inofensivos y curiosos, cuya reacción espontánea no pasa de exclamar con cierto asombro: «¡Qué curioso! ¡Nunca hubiera imaginado que existen bichos así!».
Será el tiempo y los reveses en la vida los que se encarguen de darle contenido y rostros a esta última posibilidad; pero difícilmente esta chiquilla aceptará ya como normal que los peces pequeños deben vivir permanentemente acojonados, obsesionados porque otros más grandes hayan decidido convertirles en su dieta. Y aquí tenemos el inicio de otra revolución, ¿no?

 

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